El crimen de Greenpeace

Bjorn Lomborg, director de Copenhagen Consensus Center

¿Está cometiendo Greenpeace un crimen contra la humanidad? Una carta de 113 premios Nobel lo sugiere. En ella, los laureados instan al grupo ecologista a abandonar su campaña contra los alimentos genéticamente modificados, especialmente contra el conocido como “arroz dorado”, que podría ayudar a evitar millones de muertes en países en vías de desarrollo.

Al referirse a los alimentos producidos a partir de un Organismo Genéticamente Modificado (OGM) como frankenfood (comida Frankenstein), los activistas han conseguido un término brillante y ciertamente alarmista, que ha sido fuertemente promovido por Greenpeace. Pero este concepto no tiene ningún fundamento que se sostenga en la realidad.

Hace sólo un par de meses, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, concluyó en su último informe que los transgénicos “son tan seguros como” los alimentos no transgénicos. La Unión Europea ha llegado a la conclusión, después de 130 proyectos de investigación y 25 años de estudios que “no hay, hasta la fecha, evidencia científica alguna que relacione los OGM con mayores riesgos para el medio ambiente o para la seguridad de los alimentos que las plantas y organismos convencionales”.

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Y la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia concluye que “la ciencia es muy clara: la mejora de los cultivos mediante las modernas técnicas moleculares de la biotecnología es segura.” Entonces, ¿por qué Greenpeace insiste en que estos alimentos podrían ser “una amenaza para la salud humana y del medio ambiente?

Cuando se trata del calentamiento global, Greenpeace y otras organizaciones ecologistas son bastante claras. Afirman, correctamente, que debemos tener en cuenta la abrumadora evidencia científica de que el calentamiento global es real y que causará problemas importantes. Sin embargo, en lo referente a los OGM hacen caso omiso de las abrumadoras pruebas científicas.

Uno de los premios Nobel involucrados, Sir Richard Roberts, encuentra una explicación a todo esto: una campaña basada en el miedo siempre ayuda a recaudar fondos. Es cierto que la información negativa es mejor para recaudar fondos que la positiva.

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Respecto al calentamiento global, la ciencia ofrece multitud de historias negativas para ayudar a recaudar fondos, pero seguir las abrumadoras evidencias científicas en torno a los alimentos transgénicos no ayuda tanto. Con la necesidad de recaudar US$366 millones de dólares al año, Greenpeace no es exactamente un pequeño negocio familiar.

Claro está que, en este caso, el no tener en cuenta las abrumadoras pruebas científicas provoca muertes en el mundo real. Cuando 3 millones de zambianos sufrieron la hambruna en 2002, su presidente se negó a recibir donaciones de maíz transgénico, describiéndolo como “veneno”.

Con millones de sus propios ciudadanos enfrentándose al hambre, Zimbabue también rechazó maíz transgénico argumentando que no serían “utilizados como conejillos de indias”, a pesar de que los estadounidenses ya lo habían estado consumiendo hasta aquel momento desde hacía siete años.

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Sin embargo, la desinformación en torno al arroz dorado ha sido aún más letal. Se trata de arroz modificado genéticamente que contiene altos niveles de caroteno, que el cuerpo convierte en vitamina A. Esto es importante porque 3.000 millones de personas dependen del arroz como alimento básico, pero el arroz convencional carece de vitamina A.

La Organización Mundial de la Salud estima que la falta de vitamina A provoca que entre 250.000 y 500.000 niños se queden ciegos cada año y que la mitad de ellos mueran en el plazo de un año.

La revista médica The Lancet calcula que anualmente 668.000 niños menores de 5 años mueren por déficit de vitamina A. De manera ingeniosa, el arroz dorado podría permitir a miles de millones de adultos y niños alimentarse con arroz, pero con más vitamina A que comiendo espinacas; 50 gramos proporcionarían el 60 por ciento de la dosis diaria recomendada.

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